mayo 8, 2026
01d8f650-0f37-11f1-9977-e990726ff5e1.jpg

Durante décadas, China fue sinónimo de superpoblación. El rápido crecimiento demográfico llevó al gobierno a implementar una de las políticas de control natal más estrictas del mundo: la política del hijo único. Sin embargo, lo que en su momento se consideró una solución para frenar el crecimiento poblacional terminó convirtiéndose en uno de los mayores desafíos económicos y sociales para la segunda economía más grande del planeta.

Hoy, el país enfrenta una crisis demográfica sin precedentes. Las cifras oficiales revelan que la tasa de natalidad china cayó en 2025 a su nivel más bajo desde la fundación de la República Popular China en 1949. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, el país registró apenas 7,92 millones de nacimientos durante el año pasado, equivalentes a 5,63 nacimientos por cada mil habitantes.

Además, China acumuló por cuarto año consecutivo más muertes que nacimientos, provocando una reducción de casi 3,4 millones de personas en su población total. Expertos de Naciones Unidas consideran que la tendencia continuará durante las próximas décadas y estiman que el país podría perder más de la mitad de su población antes de finalizar el siglo.

El escenario representa un duro golpe para las previsiones realizadas por las autoridades chinas hace apenas dos décadas. En aquel entonces, el gobierno esperaba que la población continuara creciendo hasta alcanzar cerca de 1.500 millones de habitantes hacia 2033. Sin embargo, el pico poblacional llegó mucho antes y con casi 100 millones de personas menos de lo proyectado.

La raíz de este fenómeno se remonta a finales de la década de 1970, cuando el gobierno encabezado por Deng Xiaoping instauró la política del hijo único para contener el crecimiento poblacional y favorecer el desarrollo económico.

La medida fue aplicada mediante incentivos económicos, acceso masivo a anticonceptivos y sanciones para quienes incumplieran las reglas. En algunos casos, también se documentaron prácticas coercitivas como esterilizaciones y abortos forzados.

Aunque las autoridades aseguran que la política evitó cientos de millones de nacimientos, sus consecuencias a largo plazo alteraron profundamente la estructura demográfica del país. Con el paso de los años, China comenzó a enfrentar un envejecimiento acelerado de la población y una disminución constante de la fuerza laboral.

Durante mucho tiempo, los planificadores del gobierno asumieron que, una vez eliminadas las restricciones, las parejas volverían a tener más hijos. Sin embargo, eso nunca ocurrió.

En 2016 China permitió oficialmente tener dos hijos y en 2021 amplió el límite a tres, pero ninguna de las medidas logró revertir la caída de la natalidad.

El profesor Kerry Brown considera que el gobierno subestimó la velocidad del cambio social y económico que experimentó el país en las últimas décadas.

Según Brown, incluso antes de la política del hijo único las tasas de fertilidad ya estaban disminuyendo debido a factores naturales y económicos. Con el crecimiento urbano, el aumento del costo de vida y las nuevas aspiraciones profesionales, muchas familias comenzaron a optar por tener menos hijos.

Uno de los efectos más visibles de la antigua política de control natal fue el fuerte desequilibrio entre hombres y mujeres. Debido a la preferencia cultural por los hijos varones, numerosas familias recurrieron a abortos selectivos cuando descubrían que esperaban niñas.

Esto provocó una enorme diferencia de género que dejó a millones de hombres sin posibilidades de encontrar pareja. En China surgió incluso el término “hombres de rama desnuda”, utilizado para describir a aquellos hombres que no logran casarse ni formar una familia.

El problema se agravó con la expansión de la educación superior, ya que muchas mujeres comenzaron a retrasar el matrimonio o decidieron no casarse. Algunas priorizaron su desarrollo profesional y autonomía económica, lo que modificó profundamente las dinámicas tradicionales de la sociedad china.

Ante esta situación, los medios estatales llegaron a utilizar expresiones despectivas como “sheng nu” o “mujeres sobrantes” para referirse a mujeres solteras con alta preparación académica, una estrategia que generó fuertes críticas por promover discriminación de género.

En respuesta a la crisis demográfica, el gobierno de China implementó diversos incentivos económicos para fomentar la natalidad, incluyendo subsidios directos por hijo y campañas públicas que promueven la maternidad.

Sin embargo, muchos jóvenes consideran que criar hijos se ha vuelto demasiado costoso. El elevado precio de la vivienda, la educación, el cuidado infantil y la presión laboral hacen que numerosas parejas descarten la idea de ampliar la familia.

Historias como la de Millie, una controladora aérea de Pekín, reflejan esa realidad. Tras experimentar las dificultades de criar a su hijo durante la pandemia sin ayuda familiar, decidió no tener un segundo bebé debido al agotamiento físico y las exigencias laborales.

Otros ciudadanos, como Li Hongfei, empresario en Chongqing, aseguran que el deterioro económico y el aumento constante de los gastos educativos dificultan aún más la posibilidad de tener más hijos.

La preocupación va más allá del ámbito familiar. El descenso de la población amenaza directamente el crecimiento económico chino, ya que implica menos trabajadores jóvenes, menor consumo interno y una presión creciente sobre los sistemas de pensiones y atención a adultos mayores.

Especialistas advierten que China enfrenta el riesgo de “envejecer antes de enriquecerse”, es decir, convertirse en una sociedad envejecida sin haber alcanzado todavía los niveles de riqueza y bienestar social necesarios para sostener a millones de jubilados.

A pesar del complejo panorama, algunos expertos consideran que el gobierno chino aún cuenta con herramientas para enfrentar el desafío, especialmente mediante avances tecnológicos, automatización y nuevas políticas públicas.

Sin embargo, el tiempo juega en contra. Lo que comenzó hace décadas como una estrategia para controlar la superpoblación se transformó ahora en una carrera contrarreloj para evitar una crisis demográfica de enormes consecuencias para China y para la economía mundial.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *